Boucans et boucaniers
Subtitulado chroniques tropicales: una inmersión picaresca en la vida cotidiana de las Antillas, más allá de la postal turística.
Leer el análisisEste sitio está dedicado a la obra de Félix Louis Courbain y a la memoria de su padre, Louis Tècle Courbain, magistrado colonial originario de la Guayana Francesa. A través de archivos, análisis y testimonios, arroja luz sobre el papel a menudo desconocido de los funcionarios antillano-guayaneses en el imperio francés. Ofrece una mirada íntima y documentada a las esperanzas, contradicciones y realidades de una República que aún distinguía a sus ciudadanos según el color de la piel. La vida de Louis Tècle Courbain, magistrado guayanés al servicio del imperio francés, revela las profundas contradicciones entre la igualdad republicana proclamada y la realidad racial y jerárquica de las colonias.
Subtitulado «esperanzas y desilusiones de un ultramarino», este libro es a la vez un homenaje filial y un documento histórico de primer orden sobre el papel de los funcionarios antillanos y guayaneses en el imperio colonial francés.
A partir de archivos, recuerdos personales y un largo trabajo de reconstrucción, Félix Courbain recorre la trayectoria de su padre, Louis Tècle Courbain, hijo natural de una «mujer de pañuelo» guayanesa, que llegó a ser magistrado colonial en una época en que la magistratura de ultramar era uno de los cotos reservados de la élite blanca metropolitana.
El relato no es solo biográfico. Se pregunta qué significaba, para un hombre de color ciudadano francés, servir lealmente a una República que, en la práctica, seguía distinguiendo entre sus «ciudadanos» y sus «súbditos».
De una infancia pobre en Cayena a lo más alto de la magistratura colonial: el itinerario de un becario meritorio.
Competencia reconocida, techo de cristal racial. La trampa silenciosa de la igualdad formal.
Ciudadanos franceses, pero racializados: entre los colonizados africanos y los administradores metropolitanos.
Disponible en la editorial y en algunas librerías especializadas en historia colonial y literatura antillano-guayanesa.
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Nacido en Cayena, formado bajo la Tercera República, magistrado en el África colonial francesa: una trayectoria singular que ilumina, mejor que muchos estudios, las ambigüedades del imperio republicano.
Louis Tècle Courbain nace en Cayena, Guayana Francesa, en un entorno modesto. Hijo natural no reconocido por su padre biológico, fue criado por su madre, descendiente de una mujer liberada de la esclavitud. En una sociedad antillano-guayanesa férreamente jerarquizada, esos orígenes pesaban, pero forjaron en él una voluntad de ascenso mediante el trabajo y el mérito escolar.
Descubierto por su inteligencia, obtiene una beca colonial que le permite estudiar en la metrópoli. Se instala en Toulouse, donde cursa Derecho. Acogido por la familia Huron, teje vínculos duraderos: era la época en que la provincia francesa todavía recibía con los brazos abiertos a aquellos jóvenes venidos de las colonias para convertirse, a su regreso, en cuadros de la administración imperial.
Ya diplomado, entra en la magistratura colonial, cuerpo prestigioso dominado por magistrados metropolitanos blancos. Su reclutamiento, excepcional para alguien de su origen, da fe tanto de su mérito personal como de la política de asimilación mediante la formación que la Tercera República intentaba impulsar... sin aceptar nunca del todo sus consecuencias.
Sirve en varios territorios del África Occidental Francesa (AOF) y del África Ecuatorial Francesa (AEF). Como muchos funcionarios antillanos y guayaneses de su generación, ocupa una posición intermedia singular: ciudadano francés de pleno derecho, pero percibido por los administradores metropolitanos como racialmente «otro», y por las poblaciones colonizadas como agente de una administración extranjera.
Reconocido por la calidad de su trabajo, solicitado por sus pares, choca sin embargo con un techo de cristal racial que frena su acceso a los puestos superiores de la jerarquía judicial colonial. Esta experiencia, que él nunca denunció abiertamente, marcará de forma duradera a su hijo, quien hará de ella una de las claves de lectura de su obra.
Publica Le Recours en annulation en matière française, estudio técnico de derecho administrativo aplicado a los territorios coloniales. Más allá de la erudición, la obra revela una mirada interior, informada y exigente, sobre el funcionamiento real de la justicia imperial: un documento valioso para quien quiera comprender, desde dentro, el derecho colonial francés.
La trayectoria de Louis Tècle Courbain ilustra la de tantos magistrados, maestros, médicos y administradores originarios de los DOM/TOM que hicieron funcionar, en su nivel, el aparato colonial. Leales servidores de la República, experimentaron a diario su principal contradicción: una promesa de igualdad sin cesar reafirmada y sin cesar desmentida por las prácticas.
Mi padre sirvió mucho; fue reconocido como competente y apasionado. Pero la Guayana se empeñó en no ver en él más que al hijo natural de Man Toto.Félix Courbain — Heures claires, heures sombres
Mi padre era mudo acerca de su infancia. No creo que la recordara mal ni que se avergonzara de ella. Con el tiempo y por fragmentos, como quien completa un puzle, pude saber que tuvo una infancia pobre, muy pobre. Cuando más tarde descubrí que había sido «hijo natural», no reconocido por su padre aunque todo el mundo sabía quién era, logré reconstruir grandes tramos de aquello de lo que nunca nos habló.
Nuestras sociedades de Ultramar son terriblemente compartimentadas, jerarquizadas, encerradas en clanes sociales, raciales, religiosos y políticos, atascadas de tabúes y prejuicios propios de un régimen feudal; así que podemos imaginar que antaño era aún peor. Me imagino entonces lo que tuvo que batallar un chiquillo, de tez ni siquiera un poco más clara, para salir de unos orígenes poco halagüeños que se consideraban fango.
Ni humillaciones, ni burlas, ni momentos de desánimo debieron de faltarle, pero la temprana conciencia de que solo él podía arrancarlos, a él y a su madre, de aquella condición, le permitió superarlo todo. Mujer de pañuelo, hija de una mujer liberada de la esclavitud, esa madre no tenía mucho más que ofrecer que su fuerza de espíritu y un gran amor a aquel hijo nacido de relaciones con un «gran negro» de Cayena.
Esos antecedentes hicieron, sin duda, que tuviéramos al mejor de los padres. Ponía un cuidado extremo en las relaciones familiares y una especial veneración por la amistad. Creo haber heredado de él ese gusto por las amistades fieles, más allá del tiempo y la distancia, así como una inclinación por los vínculos familiares cálidos. Se empeñaría después en mantener los lazos con todos sus medio hermanos y sería artífice de muchas reconciliaciones entre hermanos o primos enfrentados.
¡Qué brillante tuvo que ser aquel hijo del amor para que la Colonia lo becara e hiciera de él un funcionario competente y apasionado! Quizá haya que añadir a su inclinación natural la influencia de sus orígenes para explicar su interés por los jóvenes sin recursos que destacaban. Miembros del Colegio de Abogados hoy jubilados o ya fallecidos se reclamaban a menudo discípulos suyos en los tres departamentos, y no pocas personalidades africanas me han contado el agradecimiento que guardaban por la ayuda material, moral o intelectual que él no dudó en prestarles.
Servir, servir, mi padre sirvió mucho, pero también nos enseñó lo que debía a todos los que le ayudaron. Recuerdo su gran veneración por la familia HURON, que fue para él la familia que tan cruelmente le faltó en su exilio tolosano. Era todavía la época en que la provincia abría de buen grado sus puertas, sus brazos y el corazón de sus hijas a aquellos muchachos venidos de tan lejos. Contribuyó así de manera decisiva a forjar una, varias, generaciones de hombres de valía.
Hoy, por desgracia, parece haber perdido esa valiosa virtud. Acogía entonces a jóvenes apenas salidos de la adolescencia (la Colonia no ofrecía más que los estudios secundarios básicos) y no los soltaba hasta que eran hombres hechos y derechos. Imagino la emoción de mi abuela paterna al regreso de su hijo diplomado, un adulto de 30 años, aquel al que había embarcado casi un niño. ¡La madre TOTO!... ¿La conocí, o son solo las escasas fotos las que me hacen recordar a una mujer de pañuelo gris azulado, fuerte, de andares ya lentos?
El pasado emerge un poco como esas imágenes veladas que el revelador no consigue fijar con nitidez en la cubeta. En cualquier caso, mi padre no fue profeta en su tierra, pues la Guayana se empeñó en no ver en él más que al hijo natural de MAN TOTO. Creo que eso le afectó secreta y profundamente, convencido como estaba de que se es hijo de las propias obras, de que había merecido para sí y para su madre un lugar por fin digno bajo el sol.
Comprender la vida de Louis Tècle Courbain supone restituir el sistema jurídico y político en el que evolucionó: una República que distinguía explícitamente dos categorías de franceses.
El derecho colonial francés distinguía entre «ciudadanos», que gozaban de la plena nacionalidad y de los derechos civiles y políticos, y «súbditos del imperio» (sobre todo en AOF y AEF), sometidos al régimen especial llamado código del indigenado. Antillanos y guayaneses, sobre el papel, pertenecían a la primera categoría; pero esa igualdad formal chocaba sin cesar con los prejuicios sociales y raciales.
En las colonias, como en la administración metropolitana, una «línea de color» informal estructuraba las carreras, las relaciones, los matrimonios y las posiciones de poder. El mérito, la competencia, los títulos no siempre bastaban para franquearla: constituía, para los funcionarios antillanos y guayaneses, un techo persistente.
La Tercera República proclamaba la universalidad de sus principios —libertad, igualdad, fraternidad— al tiempo que mantenía un imperio fundado sobre la desigualdad estatutaria. Esta tensión, vivida desde dentro por los administradores racializados, es una de las grandes omisiones de la historia escolar francesa.
Alojamiento separado, salarios «coloniales» de varias escalas, cuotas implícitas en ciertos cuerpos, denegación de ascensos, desprecio cotidiano: las discriminaciones no dependían de unos pocos individuos, sino de un sistema. Coexistían paradójicamente con el reconocimiento oficial de las competencias y con la retórica de la asimilación.
Una cronología de referencia, pensada para docentes, estudiantes y lectores curiosos que quieran situar la vida de Louis Tècle Courbain en la larga duración de la historia colonial francesa.
Decreto del 27 de abril de 1848, impulsado por Victor Schœlcher. Los antiguos esclavos de las colonias francesas se convierten en ciudadanos.
Conferencia de Berlín (1884‑85), constitución progresiva del AOF (1895) y luego del AEF (1910).
Régimen jurídico específico impuesto a las poblaciones colonizadas no ciudadanas, que suspendía numerosos derechos.
Movilización masiva de tropas coloniales. Nacimiento de una conciencia común entre antillanos, guayaneses y africanos en el frente.
Le Recours en annulation en matière française: mirada interna sobre el derecho administrativo colonial.
Adhesión de las colonias a la Francia libre, conferencia de Brazzaville (1944), promesas de reformas.
Ley del 19 de marzo de 1946: Guadalupe, Martinica, Guayana y Reunión se convierten en departamentos franceses.
Independencias en cascada de las antiguas colonias de AOF y AEF, fin de la Argelia francesa.
La historia escolar francesa ha ocultado durante mucho tiempo varias realidades esenciales de este período. Recordarlas, sin polémica pero con rigor, forma parte de los objetivos de este sitio:
Además de Heures claires, heures sombres, el autor ha publicado varios títulos de inspiración antillana en registros complementarios: crónicas tropicales, fragmentos de vida urbana, retratos picarescos.
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ou chroniques tropicales
«Nuestras islas nunca han sido, salvo Haití, escenario de grandes acontecimientos históricos —escribe el autor en el preámbulo—; pero son el marco en el que mucha gente humilde debe armarse de paciencia, astucia e ingenio para sobrevivir.» Esa realidad, hurtada a la mirada del turista de paso, es la que Boucans et boucaniers se propone restituir.
El autor reivindica la filiación con la picaresca del Siglo de Oro español, la cual, según dice, le ha recordado a menudo su contexto natal. El acercamiento no es casual: se trata de un género que sitúa en el centro del relato a los humildes, los astutos, los supervivientes; personajes obligados, escribe, a recurrir «al engaño, a la mentira, a la malicia indígena para sobrevivir». Tras la luz viva de los boucans (festejos improvisados, carnes asadas), está la «fría oscuridad de los manglares nauseabundos».
El libro deja ver, sin patetismo, un mundo estructurado por jerarquías superpuestas: békés (criollos de ascendencia europea, élite histórica), mulatos y sus múltiples matices, descendientes de esclavos, trabajadores «contratados» de origen indio, europeos «importados». Cada categoría desempeña un papel; cada transgresión es anotada, comentada, a veces reprimida. Las crónicas obtienen su fuerza de esa atención al detalle social.
Si algo es seguro, es que Saturnin gusta a las mujeres, a todas las mujeres. Sabe contemplarlas, admirarlas, acariciarlas primero con la mirada, antes de que casi todas se abandonen a sus manos, luego a todo lo demás, ya que siempre hay afinidades.
Saturnin, sin embargo, no tiene nada a su favor en apariencia: no es ni alto, ni delgado, ni guapo. Pero su voz cálida modula unos graves que hacen vibrar en las mujeres toda una zona más allá del ombligo. Esa voz también puede tronar y llegar hasta el fondo del mercado para pregonar su mercancía: productos de huerta.
Todo el arte de Saturnin consiste en lograr que le paguen en especie su ayuda sin despertar las sospechas ni de la chiquillería que sale al encuentro de la furgoneta, ni del marido sentado a sorbos a la sombra de la veranda o pegado al televisor. Gracias a Saturnin, este último no ha tenido que sacar el coche para ir a buscar a la señora.
Marie-Denise Dormoy de Sauveterre está orgullosa de un linaje que exhibe por todas partes como un estandarte. Le gusta recordar que desciende de un ilustre representante de esa nobleza provinciana que hizo la verdadera Francia incluso en parajes tan remotos como las Islas.
Claro está, con el paso de los siglos se ha olvidado que la partícula la añadió su antepasado durante la larga travesía, y que solo indicaba el origen familiar. La familia se moría de hambre en su provincia y se jugó el todo por el todo con un hijo pendenciero que logró abrirse paso en un contexto donde el simple hecho de ser blanco bastaba para estar en lo alto de la escala social.
Es, por tanto, su deber y el de los suyos preservar la pureza de la raza de toda componenda con otras razas. ¿Acaso la vida social local no depende de ese criterio esencial? Los békés deben seguir siendo békés; los mulatos, mulatos; los negros bachilleres, licenciados o incluso doctores por la Universidad siguen siendo negros; y lo mismo vale para todas las etnias que componen la rica paleta local. Si triunfaran los cambios estrafalarios que no dejan de exigir algunos iluminados, sería, cree ella, el fin del mundo.
No puede negar que las otras razas han progresado, se han civilizado, pero de ahí a pretender tratar de igual a igual con una Dormoy hay un abismo. Un margen infranqueable, que además ni siquiera es necesario franquear. El respeto al principio de «cada cual en su casa» es la mejor manera de no alterar en nada el orden «normal» de las cosas.
En el colegio de monjas trabó amistad con muchachas de casi todas las razas y todos los tonos de piel, prueba, pues, de que no es racista; pero ¿era necesario que esa amistad de internas babeara hacia el exterior y complicara sus relaciones sociales? Sin embargo, se reúnen con regularidad en terreno neutral, en la pastelería del Royal, para pasar tardes ruidosas y risueñas como locuelas. Por un instante borran las barreras sociales necesarias y se regalan hermosas dosis de total libertad de pensamiento y de palabra. Luego cada cual vuelve a su mundo, y a ella le parece que es como debe ser. «¡Cada cual en su casa y Dios en la de todos!».
Así que no entiende las críticas que les dirigen a ella y a los suyos, a los békés. Racistas, segregacionistas, integristas, y no sabe cuántos calificativos más terminados en «ista». Ella no se reconoce en ninguno de esos movimientos. Ese orden que defiende viene de lejos, y si fuera tan malo ya se habría sabido con el tiempo.
De vez en cuando ha habido alguna transgresión, pero fueron puntuales, accidentales, y los transgresores casi siempre tuvieron el buen gusto de marcharse de la isla. Desde hace algún tiempo las transgresiones no dejan de repetirse. Las parejas que llaman tan estúpidamente «dominós» proliferan y empiezan a dar mal ejemplo. Es como la marea que sube y ha llegado hasta su propio umbral. ¡Un negrito de vacaciones, estudiante de 2.º año de una escuela de ingenieros de prestigio, se ha atrevido a poner los ojos tiernos a su boba hija Marie Sophie, que parece haberle seguido el juego! ¿Se imaginan? ¡Un negro, negro del todo, por más que sea meritorio por ser hijo de un modesto oficinista, pero negro, negrito, osar levantar los ojos hacia una Dormoy! ¡El mundo al revés!
Menos mal que ella vigilaba, porque… ¿se lo imaginan? Le entraron ganas de hacer azotar al insolente, de arrancarle los ojos, de castrarlo para darle una lección a él, y de paso recordar a los demás lo que jamás se debe hacer y menos a una Dormoy. Es, sin duda, el funesto ejemplo de su prima Caroline de Maupertuis, que contrajo matrimonio ni siquiera con un mulato, ni siquiera con un negro, sino con un indio, un coolie, sí, señora, he dicho un coolie, nada menos que un coolie salido de los Grands Fonds de St. François.
Por suerte el chico, encantador por lo demás, es experto en energía atómica, así que no hay riesgo de que se instale algún día en la isla. Hortense estaba en la gloria, cantando las alabanzas de su Roland de yerno, pero son cosas que a lo sumo pueden hacerse allí, en París, donde cada cual hace lo que quiere como quiere… ¡aquí es sencillamente impensable!
Lo que la indigna y la inquieta es el número cada vez mayor de parejas irrespetuosas que se forman allí antes de regresar. Esa proliferación no puede sino poner en riesgo el orden establecido al que ella se aferra. Negros espesos de facciones marcadas vuelven con compañeras cuya rubiez eclipsa a la de las békés e incluso a la de esas esposas que con tanto cuidado se fueron a buscar al norte de Europa para asegurarse de que fueran bien blancas y preservar así la pureza de la raza.
Negras bejonas, culonas y vulgares se pavonean del brazo de apuestos y altos rubios arios que los «países blancos» no habrían desdeñado reservarse en el orden normal de las cosas. Desde luego, ya había habido precedentes, pero eran raros y se limitaban a esferas ya escogidas y demasiado particulares para hacer escuela. Que un secretario general, un inspector, un magistrado, un catedrático de universidad se casara con alguien de su raza no la llenaba de gozo, pero su categoría los elevaba hacia las altas esferas de los békés, y estos se veían casi obligados a adoptarlos. Además, admitía de buen grado que su prestigio personal, lejos de hacer sombra, reforzaba el de esa élite que eran los suyos.
Lo insoportable, lo inadmisible, lo indecente, incluso peligroso, es que eso se extienda al conjunto de la población. No le disgustaría ver arder algunas cruces, ver desfilar algunos capirotes puntiagudos a la manera, según dicen, de las siniestras brigadas de las tres K, solo para que un poco de terror sembrara el pánico y pusiera orden en esta sociedad que siente a la deriva. No desea mal ni muerte a nadie, solo quiere que se respete y preserve ese universo donde hasta ahora todo iba más o menos bien… ¡nada más!
Boucans et boucaniers ofrece un material valioso para cualquiera que estudie las sociedades postesclavistas de las Antillas francesas. Sin teorización erudita, las crónicas muestran cómo las jerarquías heredadas del período colonial se han reconfigurado, más que disuelto, en la sociedad departamental contemporánea.
éclats de vies entre-aperçues
El autor se presenta con una humildad reivindicada...
El título mismo, Retaillons, enuncia la estética de la obra...
Los relatos muestran una sociedad antillana contemporánea...
Célestine ya está más que harta de esa imagen que tienen de ella y que ella ha alimentado durante demasiado tiempo: la imagen de una mujer fuerte, voluntariosa, equilibrada, moderna. Le gustaría, aunque solo fuera un instante, quitarse la máscara, dejar la espada y la coraza y acurrucarse, pequeñita, desnuda, en el calor de un cuerpo protector.
Durante casi veinticinco años ha tenido que decidirlo todo, arreglarlo todo para sí misma, pero también para su madre, cuyo cuerpo vela esta noche, y para Véronique, su hija, que acaba de irse a vivir con un chico que seguramente nunca habría elegido. Tras la marcha definitiva de un padre mujeriego, Célestine tuvo que empuñar unas riendas que su madre rechazaba, postrada en una especie de depresión muda.
Llegó a creer que la perdía por un tiempo, y fue entonces cuando un canalla aprovechó para arrastrar a Célestine a la única debilidad de su vida. La dejó embarazada antes de acordarse de que estaba casado e incluso ya era padre. Célestine se echó a la espalda su suerte adversa y siguió trabajando mientras su estado se lo permitió. Era consciente de que tenía dos y pronto tres bocas que alimentar.
Cuando la naturaleza reclamaba sus derechos, elegía a un compañero para encuentros breves y febriles que deseaba sin futuro. En su casa y en su vida no había sitio para un hombre permanente. Solo quería instantes efímeros para aplacar sus entrañas sin tener que comprometerse, sin meterse en un lío con una madre ya violentamente hostil a todo el género masculino y con una hija a la que debía dar buen ejemplo.
25 años de amores, o más exactamente de cópulas clandestinas con hombres de los que ignoraba y quería ignorarlo todo. ¿Eran solteros, casados, viudos, separados, divorciados? A ella, a decir verdad, le traía sin cuidado. Carecía de interés dado lo que esperaba de ellos. Solo necesitaba un cuerpo, unas manos, unos labios, que una vez satisfecha podía devolver a la nada. Pocas o ninguna palabra intercambiada; ¿para qué las vanas promesas, las mentiras y la insoportable autocomplacencia masculina?
Los hacía callar para que se concentraran y esperaba de ellos que se aplicaran únicamente a colmarla de gozo, a apagar su incendio interior. En cuanto el órgano marchito abandonaba el conducto vaginal, el tipo ya no existía. El compañero de turno se sentía a menudo molesto por la forma en que era despachado. Ni último beso, ni última caricia; ella se volvía de repente de mármol. Incluso estuvo a punto de salir mal con un orgulloso testarudo que exigió una última sesión que ella no pensaba concederle.
Él la tomó entonces por la fuerza, desesperado por yacer con una masa amorfa, una especie de cadáver. En el colmo de la furia estuvo a punto de golpearla para obligarla a ser de nuevo aquel ascua que había sabido ser. Desde entonces, ella se desnudaba en el baño, lo que le permitía recuperar su ropa en el momento de huir cuando juzgaba que el encuentro había durado bastante. Salía ya lista y se marchaba bajo la mirada atónita de un compañero que aún urdía nuevos episodios.
Se ahorraba la fastidiosa negativa a dar su nombre, su dirección, un teléfono, o la obligación de inventar una mentira para justificar la imposibilidad de continuar. Tenía ya la mente bastante atestada como para añadir nombres, direcciones, obligaciones, explicaciones, citas. Se conformaba con esos instantes confeti de total abandono.
Pero ahora que su madre acaba de morir, que su hija, tras regresar cada vez un poco más tarde, la ha abandonado brutalmente, ya no tiene que gestionar más que su propia vida y, curiosamente, eso le parece una montaña enorme, un peso demasiado pesado de llevar. Sueña con un hombro amigo, no amante, en cuyo hueco poder llorar, llorar al fin todas esas lágrimas que tanto tiempo ha reprimido.
Ahora quisiera, como tantas otras mujeres, no decidir nada y solo obedecer. Obedecer las órdenes, los caprichos, las imposiciones de los hombres, de un hombre, no ser más que la pasajera de la pesada diligencia de la vida cuyo cochero dejaría de ser. Quiere instalarse atrás y dejarse llevar. Qué importa si se vuelve tan blanda como Sabine, de mirada rebosante de ternura por un marido más veleidoso que una mariposa. Qué importa si le cuesta alguna bofetada con un Ludovic tan bruto como el de Sophie. Qué importa si, como Colette, le toca un fundamentalista que le quite el maquillaje y la obligue a vestir sayales a cien leguas de las minifaldas y las transparencias atrevidas.
Ya no quiere ser dueña de sus horas, de sus días, de sus noches, que no quiere seguir terminando en una cama demasiado grande para ella sola... El problema es que una mujer de 42 años da miedo. Huele a azufre para las demás mujeres casadas o en pareja. Huele a buen polvo sin riesgo y sin compromiso para todos los canallas que solo les interesa vaciar sus bolsas pero no comprometerse, o que ya lo están en otra parte. Es pan bendito para todos aquellos que todavía ven en ella, porque les conviene, a la que ha decidido dejar de ser.
Están por último todas esas almas caritativas que se meten a buscarle el zapato de su pie y se improvisan casamenteras sin saber exactamente qué espera Célestine de la vida. Para ella, sin embargo, es bien sencillo, de lo más simple: de ahora en adelante solo quiere obedecer, aun a riesgo de hacer saltar a las feministas más rabiosas... ¡Disponible y dispuesta para quien quiera, con decisión, con determinación, tomar en sus manos las riendas de sus dos vidas!
Después de muchos años, después de muchos amores, va a reencontrarse con Sabine —Sabine, pero sí, ya sabéis, la Sabine de su infancia, de las risas tontas, de los secretos y de la inocencia... Con ella afloran de nuevo, a la conciencia viva, lugares, colores, olores, instantes que creía borrados, perdidos para siempre en el fondo del abismo indiferente del olvido.
Con esas dos sílabas cargadas de emoción y como de una buena parte de sí mismo, se siente a la vez triste y alegre. Su inteligencia debería obligarlo a imaginarla crecida, envejecida, adulta, mientras que sus sentimientos se empeñan en ver en ella solo a la chiquilla de feminidad naciente, de cabellos siempre revueltos, de copas de bañador aún medio vacías, de caderas todavía masculinas pero de andares ya turbadores y un poco estudiados.
Sabine de los largos apartes, Sabine de los abrazos cada vez menos inocentes, Sabine de los primeros besos caídos en la comisura de los labios, robados o concedidos, Sabine de mirada tan pronto pícara, burlona, asombrada, asustadiza y a veces dura... Sabine tantas veces a punto de abandonarse, de entregarse, y luego siempre escapada en el último instante entre una gran carcajada o una frialdad reprobatoria...
Sabine de sus primeros insomnios, de sus primeros celos, de sus primeros suspiros, de su primer sufrimiento. Sabores, olores, destellos de ella se agolpan a las puertas de la memoria para imponerse. De esto hace ya algunos años... ¿cuántos? Qué importa..., para él es como si fuera ayer. Tiene la sensación de ir a su encuentro con esa humillante sumisión después de que ella le dijera con aquella crueldad de chiquilla, ya no tan chiquilla, que se sabe apreciada e intuitivamente deseada: «Eres mi mejor amigo...».
Ella no conoce bien todos los contornos ni todas las implicaciones de ese deseo, pero juega sin embargo con él, convencida de que la docilidad total del muchacho le está en cualquier caso asegurada... Y luego la Sabine de los primeros secretos sin él, de los primeros silencios, de las primeras sonrisas ambiguas, de las primeras mentiras torpes, de los primeros desvelos sin él, de las infidelidades a un amor, testarudo, sin límites y sin falla. Sabine de los primeros rechazos, de los límites, de las condiciones, de los pretextos y por fin de la confesión, dura, terrible porque la presentía sin querer aceptarla... Sabine que se pierde en la bruma.
Pero hoy, de nuevo Sabine, como una gran goma que borra las distancias, los rostros, apaga las voces, atomiza los cuerpos de aquellas que nunca ocuparon del todo su vida. ¡Fuera Simone, Nicole, Bernadette, Odile, Solange, Sonia, Charlotte, Patricia y consortes! ¡Porque vuelve Sabine, dejáis de existir, nunca habéis existido realmente!
Tras el cristal empañado de sus últimos instantes ve venir una silueta pesada, de rostro cavado, a la que se agarra una chiquilla réplica casi exacta de la Sabine de su memoria, de sus primeras emociones... Su mirada se cruza con la de la silueta, y lo que en ella lee debe de decepcionarla tanto que prefiere deslizar la suya en un barrido panorámico circular. Una voz que apenas reconoce dice, lo bastante alto para que él la oiga: «Bueno, pues parece que no está; ¡seguramente no habrá podido venir!».
Al salir a su vez, un espejo le devuelve la imagen de un viejo que le cuesta identificar aunque sea él mismo, aquel a quien ella no habrá podido reconocer.
les tribulations d'un Don Juan tropical
Mano es el ejemplo vivo del «pequeño buscavidas»...
Mano no es un seductor idealizado...
El relato despliega un universo criollo reconocible...
Emmanuel, Horace, Hyppolite, Samuel, Marie, Jules, Sinforien había nacido una madrugada de noviembre, entre la casa de su madre Sidonie Lapierre y el hospital: el inútil del chófer de la ambulancia local se había entretenido entre los muslos poderosos de una dama que no estaba dispuesta en absoluto a soltarlo hasta haberlo vaciado por completo de su licor. Léontine era así: ¡no bastaba solo con prometerle!
Delicadamente envuelto en una hoja de banano, Mano había hecho una entrada triunfal en casa de su abuela, exhibido por todas partes por un padre informado de urgencia de su nuevo estatus, y que lo aceptaba de buen grado —lo que no era poco en el contexto social en que toda esa gente se movía. Hay que decir que había tenido que batallar duro para eliminar la competencia en torno a Sidonie, la bella capressa, y seguir luchando para persuadirla de sus honestas intenciones.
Lo había aceptado todo: el trabajo fijo, el noviazgo e incluso el matrimonio, por el privilegio de sentirse prisionero de sus muslos de ensueño, por saborear la miel escasa de sus labios, por llenarse las manos del dulce calor de su seno... Ella había rendido al fin las armas en agosto para una boda en octubre, y el tunante debía de haber hecho acopio de simiente, porque la misma noche de bodas la dejó embarazada, cosa de la que, por supuesto, solo se enteraron más tarde.
Esto permitió a Sidonie acceder a la respetable categoría social local de madre legítima, y a su inútil marido volver a corretear tras el género femenino necesitado de atención viril; un acto de caridad cristiana, en suma. No obstante, había conservado el trabajo porque era apreciado, sobre todo por la mujer de su jefe, que por una curiosa casualidad venía a visitar a su marido justo cuando él no estaba... Pierre Manuel había tardado en entenderlo, pero ya aprendida la lección, conocía el arte y la manera de acompañarla en una espera que ambos sabían vana.
En fin, Mano tenía de quién heredar en cuanto a acervo genético; quedaba el aprendizaje de tan hermosa herramienta... Claro que, como todos los pilluelos de su edad, corrió detrás de las chiquillas emperifolladas para levantarles los faldones; claro que se puso al acecho para descubrir qué ocultaban de tan misterioso las personas del otro sexo en el pecho y entre las piernas. Lo que había descubierto no le explicaba la razón de todo aquel circo: dos mamas y un triángulo de vello... ¿Qué tenía eso de extraño?
Pronto prefirió curiosear por la ciudad, observar a las vendedoras, asistir a la vuelta de los pescadores, colarse en los bares para oír historias de zombis, soucougnants y demás criaturas que la imaginación criolla sabe hacer vivir tan bien. Por la noche le costaba dormirse con tan incómoda compañía, pero al día siguiente volvía. Como la escuela no era amiga suya, pronto hubo que echarle una mano, y una vecina de su madre se ofreció para ello, con satisfacción de los padres.
Line Magloire era una solterona alegre, despreocupada gracias a las casas que sus padres le habían dejado, pero que no había sabido atrapar a tiempo un buen partido y se había quedado en la cuneta. No guardaba por ello amargura alguna y parecía feliz de vivir. Tomó, pues, a Mano bajo su ala y exploró con él todas las verticales, las horizontales, las rectas y las curvas, el calor y el frío, lo seco y lo húmedo, así como todos los misterios de la anatomía comparada. El alumno estaba a la altura de lo que su monitora esperaba, y ella apreciaba la delicada aplicación que él ponía en todas las «tareas» que le proponía y su constante deseo de hacerlo mejor.
Tuvo la habilidad de comprender que no lo retendría mucho tiempo para ella sola, y de buscarse un complemento más joven ganado para su causa. Aún lo guardaba en parte para aplacar tormentas secretas que solo él conocía. Su cómplice fue Denise Rupert, una vecinita malmaridada, como tantas antillanas, con un marido demasiado solícito fuera de casa para que, en el hogar, le quedara aún la energía necesaria para cumplir con el débito conyugal; en una palabra, la joven Denise tenía la justa impresión de dejar que se pudriera una fruta de la que su marido, en los primeros tiempos, nunca se cansaba.
Ella nunca había dicho nada a nadie, pero su diabla de vecina había intuido su desazón y a ratos le levantaba el ánimo, antes de darle a entender que tenía una solución. Line, en pequeñas dosis, la condujo hasta su secreto y hasta su propuesta de compartir. La joven esposa, primero aterrada, rechazó la oferta; luego, dos o tres días de reflexión la llevaron a admitir que Line llevaba razón: no debía fidelidad alguna a quien echaba por tierra cada día su bello ideal romántico. Además, la solución ofrecía la ventaja de la mayor discreción. Aceptó, pues, finalmente, porque, en realidad, la juventud de Mano le daba una menor sensación de estar pecando.
Mano puede leerse como una comedia de costumbres antillana...
Las imágenes siguientes se presentan en un formato de archivado uniforme. Cada documento se inscribe en un mismo marco, cualquiera que sea su proporción original.
Toulouse, Félix y Jacqueline
Fiesta tradicional
De paisano con el gobernador
El magistrado con el gobernador
De magistrado
Mapa del África colonial francesa (AOF / AEF)
Los recursos que figuran a continuación, clasificados por categorías, permiten profundizar en los temas abordados. Se indican a título orientativo y no sustituyen un trabajo bibliográfico personalizado.